Transmutación

En la habitación de Herminia el tiempo se había detenido. La ventana entreabierta dejaba pasar un tenue rayo de luz, acompañado de una suave brisa que acariciaba las vaporosas cortinas. Las hojas, cientos de hojas de papel empapadas de poemas y promesas de amor de Calixto, se esparcieron por todo el piso como una alfombra de recuerdos de aquel idilio. Sobre el escritorio, una de las hojas reposaba bajo la pluma de Calixto y una taza de café que él mismo había dejado sin terminar. En ella un mensaje dejó sus huellas a medio camino: “Amor mío, por si no regreso quiero que sepas…”.

Se había marchado a la guerra, a defender causas ajenas en una lucha que no le pertenecía. El corazón de Herminia al conocer la noticia, sabía con toda certeza que Calixto no iba a regresar. Al despedirse ella besó sus labios como queriendo fundirse en ellos, intentando guardar para siempre el sabor de su boca.

El cuerpo de Herminia yacía en la cama sobre las sábanas aún revueltas por el último encuentro. Su corazón se apagaba poco a poco con cada kilómetro de distancia entre ella y su amado hasta hacerse tenue, traslúcido, casi imperceptible. Su espíritu abandonaba su cuerpo agobiado por tanta nostalgia y melancolía.

Calixto por su parte no era ajeno al sufrimiento. La añoranza de las caricias de su amada Herminia no lo dejaban en paz, convirtiéndolo en presa fácil de una bala enemiga que lo liberó de la lucha, pero lo venció en el hospital del campamento.

El reloj de Calixto olvidado sobre la mesita de noche de Herminia marcaba las 8 en punto. Las agujas como latidos de un corazón dividido en dos, se detuvieron en el preciso instante en el que ambos rendidos por la desolación de seguir separados, decidieron transmutarse para unir nuevamente sus almas.

Calixto en su camilla de hospital antes de partir, exhaló con su último aliento su mensaje inconcluso: “Amor mío, por si no regreso quiero que sepas que te llevo en cada respiro de mi ser, la tibieza de tus labios me acompañará hasta el último minuto de mi existencia”.

Mientras que Herminia tumbada en su cama, con su último latir y lágrimas en sus ojos respondía a su mensaje en la distancia: “Seguiré la huella que me dejaron tus besos hasta llegar a tu boca, el único lugar donde quiero vivir”.

Al unísono y a miles de kilómetros de distancia, sus corazones se detuvieron con las agujas del reloj de Calixto, el tiempo y el espacio ya no eran obstáculos para reunirse otra vez. Sus almas, fuentes inagotables de su amor se habían fundido en una sola luz. Sus cuerpos habían dejado de importar.

Mayita López

 

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